Vivir con una Experiencia Cercana a la Muerte, no es fácil.

CÓMO Y CUÁNDO CONTARLO
Si experimentar una ECM es complicada por la dificultad de asimilarla y adaptarla a tu quehacer diario, difundir esa experiencia requiere maduración personal. Sabes que al narrar ciertos aspectos tan personales en público, va a afectar a tu vida privada en el futuro, y lo que es más difícil de gestionar, afectará a tu entorno más cercano.
A lo largo de estos últimos años me han realizado entrevistas en el ámbito de lo espiritual, en este enlace las puedes ver todas ellas. Estoy agradecido a los que se han ido interesando en escuchar y difundir mi experiencia. Tengo el convencimiento pleno que la vida es un período de aprendizaje de nuestra alma. Que no se trata de otra cosa que de anteponer el amor por encima de todo. De esta forma, salimos del anclaje del sufrimiento y del victimismo. Nos convertimos en herramientas de aprendizaje para otros y para nosotros mismos, aprendiendo a afrontar la vida con su sentido más real y más útil, vivir asi, nos sirve para descansar en esa paz profunda, que también la perciben y la valoran aquellos que nos rodean.
No se trata de hacer proselitismo, sino de que la forma en que nos comportamos y nos desenvolvemos ante las adversidades propias de la existencia, sea un ejemplo para las personas de nuestro entorno y que todavía están sujetas a los viejos esquemas de entender la existencia. Este conocimiento no significa que seamos unos mejores que otros. Cada uno está en su etapa de evolución y da o recibe conforme a ella.
La determinación de contar mi experiencia se ha ido madurando al cabo de mucho tiempo. Era yo, quien primero tenía que asimilarla, y eso ha requerido de una profunda introspección. En un primer momento, no entendía nada, todo era muy raro, me sentía diferente y ni tan siquiera sabía lo que había pasado en mi alma. Aun en el hospital me costó horrores el hecho de aceptar mi propia vida en este mundo. Yo solo deseaba regresar a la unidad, volver a la fuente del amor, a ese plano paralelo del cual había vuelto. No quería estar en este mundo terrenal. Me negué a mí mismo la existencia de mi experiencia durante años, en parte por la falta de tacto de una enfermera de planta que no dio credibilidad a mis palabras los días posteriores a mi salida de UVI. Recuerdo que le mandé a hacer gárgaras cuando me dijo algo así como “anda ya, vas a tener tú una experiencia de esas¨. El hecho fue que ese pequeño comentario me hizo enrolarme en un ostracismo total.
También oculté mi ECM por la falta de hechos significativos. No tuve una muerte clínica, no hubo una parada cardiaca, no existió un encefalograma plano y, en definitiva, no se produjo nada que indicará la muerte de mi cuerpo físico.
Me repetía que cómo voy a vivir una experiencia cercana a la muerte, si ni tan siquiera he muerto. Pronto me arrastró el día a día, la rueda de hámster que a todos nos conquista. El entorno económico de esa época no era nada halagüeño. Estábamos en plena crisis del 2008, la que a Euskadi llegó un poco más tarde, en el 2010. Vivir en un mundo empresarial en medio de esta situación extrema con una ECM que te invita a dejarlo todo y seguir con tu verdadera labor en la tierra, es muy complicado. Mi propia actitud luchadora me obligó a centrarme en los resultados económicos de una empresa endeudada hasta el infinito. Caí en un profundo estrés que me hizo dejar de lado toda la experiencia y conexión con la unidad experimentada cuando sufrí el infarto.
No desperté, hasta el 4 de abril del 2020, durante el confinamiento, cuando en la buhardilla de mi casa despues de ver una pelicula que me hizo conectar con mi proposito en la vida, pues punto final a mi etapa de empresario. Teniendo claro, cual era mi objetivo. Dedicarme a acompañar, facilitar y planificar el final de vida de las personas.
